Los miedos y la valentía

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Existen los miedos normales, que nos avisan de un peligro, y que por tanto son una poderosa fuerza motivadora y nos sirven de gran ayuda; también existen los miedos exagerados y patológicos. Los miedos que obstaculizan nuestras acciones y perjudican nuestro desarrollo personal. ¿Cómo podemos distinguirlos y enseñar a nuestros hijos a enfrentarlos con valentía?  Tanto el miedo como las fortalezas del carácter que nos permiten afrontarlos son hábitos, y por tanto pueden educarse, en un sentido u otro.

La educación emocional tiene dos objetivos: que el niño adquiera unos buenos hábitos emocionales, y que sepa manejar sus emociones una vez que hayan aparecido. La autorregulación emocional es una de las funciones de la inteligencia.

Entre los miedos más comunes están: miedo al fracaso; al rechazo; al futuro o al pasado; al qué dirán; al éxito; al ridículo; a una enfermedad; al dolor; a la muerte; obsesivo a Dios; a perder algo importante; a fantasmas y hasta a uno mismo.

Miedo y valentía son dos palabras que describen la limitación y la grandeza humana. El miedo es la emoción que detecta el peligro y prepara al organismo para afrontarlo.  En los animales suscita cuatro respuestas: huida, ataque, inmovilidad, sumisión. Los humanos compartimos esas reacciones pero, además, tenemos otra exclusivamente nuestra: la valentía. No es  ausencia de miedo, sino  la perseverancia en una meta a pesar del miedo, una virtud elogiada en todas las culturas porque todos necesitamos que, en momentos de pánico, alguien se mantenga firme. Pero no me interesa hablar de la valentía heroica, sino de la cotidiana.  La valentía no sólo se enfrenta al peligro, sino a la dificultad, al esfuerzo, al cansancio, a la desdicha. Uno de los reproches que con más frecuencia nos hacemos es: “¿por qué no me atreví?” Todos hubiéramos querido ser más valientes, más decididos. Pero nos dio miedo. Vivir resueltamente, era el lema del Renacimiento, que todos llevamos en nuestro corazón con nostalgia. Sería maravilloso vivir sin enredarnos, sin empantanarnos, ágiles y audaces. Por eso, nos gustaría que nuestros hijos fueran valientes, que disfrutaran de una inteligencia resuelta, que es aquella que sabe resolver problemas, y marcha con determinación. Pero, ¿es posible aprender algo tan difícil? ¿Podemos aprenderla los adultos?

¿Por qué no me atreví?

Aprendemos el miedo y nos convendría aprender la valentía. La educación es un permanente rediseño de nuestro cerebro, que afecta incluso a sus estructuras más básicas, a aquellas de donde emergen nuestras emociones. El aprendizaje de la valentía responde a una fórmula sencilla: disminuir la sensación de peligro y/o aumentar el sentimiento de la propia eficacia para enfrentarse a él. El temor depende de experiencias antiguas, de creencias que distorsionan la realidad, de relaciones que convierten desencadenantes inocuos en anticipación de grandes desastres. ¿Por qué tenemos tanto miedo a la opinión de los demás? ¿Por qué nos cuesta tanto enfrentarnos, o decir que no, o ir contra corriente? ¿En qué momento de nuestra vida cedimos ante la timidez? Una vez que los miedos se han instaurado en nuestro cerebro, hay métodos para liberarse de ellos: la insensibilización, el cambio de creencias, el cambio de modelos, un sistema de premios para las conductas liberadoras, los ejercicios de relajación. Pero lo ideal sería que los niños no adquirieran el hábito del temor.

Una frase del Dr. Jonas  Salk, descubridor de la vacuna contra la poliomelitis: “Si fuera un científico joven, seguiría dedicándome a la inmunología. Pero en lugar de inmunizar a los niños sólo físicamente, intentaría inmunizarles también psicológicamente contra el miedo, la depresión, el desánimo”.

El segundo factor que influye en la valentía es el aumento de la propia fortaleza, un tema al que ya he dedicado algunos artículos.

La fortaleza supone resistencia al esfuerzo, confianza en la propia capacidad, entrenamiento en la perseverancia, firmeza en el compromiso. La valentía es un hábito y, como todos los hábitos, se adquiere por la repetición de actos pequeños.

El miedo es nuestro gran enemigo, y debemos declararle la guerra. Es un enemigo astuto, porque consigue que nos identifiquemos con él y acabemos pensando que somos nuestro miedo, que es como si creyéramos que somos nuestra gripe. Sus grandes aliados son la inacción y el silencio. Actuar y hablar de nuestros temores son dos buenos antídotos para salir de nuestros miedos y temores.

El primer paso es no perder la calma, no alarmarse, el mundo no se va a acabar por un pequeño problema, debes ante todo tranquilizarte y ver con perspectiva la situación de miedo.  Como superar el miedo se basa también en entender por qué sentimos esas malas sensaciones y esos deseos de echarnos para atrás. El miedo lo único que hace es protegernos pero no es inteligente, simplemente actúa por impulsos. El miedo ve que vas a hacer algo nuevo que hará que puedas poner en evidencia tus capacidades o que puede salir mal.  El miedo no entiende que esto es parte de la vida,  es experiencia; y lo que hará es que no quieras vivir esa experiencia para así protegerte.  Sin embargo protegerte no soluciona el problema, lo empeora porque te vuelven.